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Viernes 18 de Mayo de 2012

El orden no tiene nada que ver con la desmesura

22/02/2012 00:00

La carga policial de Valencia tiene culpables muy definidos, y no sólo son aquellos que enfundados en su mono de trabajo respondieron de forma exagerada contra las decenas de estudiantes que reclamaban mejoras para sus centros educativos. Son los mismos que ahora piden una comisión de investigación sin ruborizarse porque no entienden que una cosa es el orden y otra la fuerza con la que se pretende aplicar. En ambos casos, tienen toda la responsabilidad por exponer a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado a esta crítica social como primeros estandartes de unas formas de hacer contra sus propios vecinos.

Muchos han cuestionado a lo largo de las últimas horas la dureza de la represión policial sin pensar en que detrás de estos agentes hay cargos políticos que han autorizado de alguna manera la intensidad de la respuesta. Ya no vale eso de que se investigará hasta las últimas consecuencias. Cuando se comete un error tampoco se puede admitir que lo comparen con lo hecho por otros gobiernos. No es tanto la crítica a lo consentido por todos, sino el comportamiento huidizo de quienes se escudan en lo absurdo para justificar que chavales armados con mandarinas son un peligro, por mucho agitador que se pudiera haber colado y algún descerebrado que prendiera fuego a los contenedores. Por encima de estos actos rechazables, hay una conducta que se transmite a una sociedad harta de los intolerantes y que miramos con cierto temor a que estas fórmulas de contestación se prodiguen en los próximos meses.

En España no estamos habituados a lo que se califica como la primavera valenciana emulando el fenómeno mundial surgido en los países árabes. No existe esta represión ni la pérdida de valores, o mejor dicho la ausencia total de muchos de ellos. Debemos ser justos cuando generalizamos en la crítica al igual que no lo somos cuando ponemos coletillas del tercer mundo a determinados sucesos que ocurren en servicios como la sanidad. Este tercer mundo está, por desgracia, muy lejos del bienestar que tenemos en nuestro país, pero aún así, siempre que se habiliten métodos tan crueles, la sociedad no debe dudar a la hora de salir a la calle y denunciar que nuestros dirigentes no se merecen estar en los puestos de responsabilidad. En Valencia, la delegada del Gobierno debe dar la cara y no jugar con los responsables policiales como escudo de la censura a unos estudiantes armados con libros, por mucho mando desorientado que pueda existir y con la porra muy ligera.

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