Un joven fotógrafo catalán que se apellida Aranda y se llama Samuel y, aunque no es un visionario como ese personaje bíblico, sí tiene una vista muy aguda para captar esos momentos tensos de vida, contemplados por sus ojos a la vez que por los de la muerte, ha ganado un sonoro premio internacional, con una fotografía que algunos pomposos y redichos, que siempre tienen que estar, igual que nuevos ricos de la cultura, exhibiendo su saber y conocimientos, han comparado con la Pietà de Miguel Ángel, sin comprender que un fotoperiodista como él no se dedica a montar escenas artísticas de posados, sino que es un cazador de lo trágico que pasa a su lado, que toca, huele y le duele, para dar testimonio del sufrimiento, del dolor, de las heridas, de la lucha por sobrevivir de gentes despojadas, de pueblos sometidos a otros pueblos y avasallados por tiranos, déspotas, ladrones explotadores y esclavistas.
En la fotografía aparece una mujer yemení envuelta por entero en un niqab, de la que solo se le ve un ojo, y con guantes blancos, que contrastan violentamente con el color negro de su atuendo, abrazando a un hombre de torso desnudo que había sido herido y acababa de ser auxiliado en el hospital de campaña que, con urgencia, se había instalado en la mezquita, y seguro que dándole palabras de consuelo. Es una imagen que golpea, estremece, emociona, porque la piedad, la compasión son sentimientos fundamentales en la historia de la especie humana, como pilares de supervivencia, y la pietas, romana, es mucho más necesaria que el amor, etrusco, para permanecer en esta tierra y no haber aún perecido. Por eso, los pasajes literarios más memorables de la literatura, de la historia, son piadosos: la loba amamantando a los gemelos abandonados Rómulo y Remo, Eneas huyendo de Troya incendiada, con su anciano padre Anquises a cuestas, Antígona acompañando al suyo, viejo y ciego, cogido de su brazo, cuando andan errantes, huyendo de la fatalidad y la maldición, César tomando de la mano derecha al amigo que tanto quería, el jefe Diviciaco de los heduos y concediéndole lo que le imploraba postrado a su pies de hinojos y llorando: el perdón para su hermano, el druida rebelde Dumnorix, que había sido condenado a muerte; o Meg More, la hija del cancilller de Enrique VIII de Inglaterra, a quien el rey hizo que, por insumiso, le cortaran la cabeza que la mayor de sus hijas, poniendo en peligro su vida y por no poder soportar verla expuesta en el puente de Londres, robó, hizo embalsamar y fue enterrada con ella. Pero, si bien esa fotografía es como un relámpago que deslumbra y asusta o una bofetada que te saca de un soponcio, resulta mucho más perturbadora la manifestación de este fotógrafo, del todo exótica en medio de la anestesia y dormición generalizada que hizo acerca de que lo próximo que le gustaría fotografiar sería una revolución aquí, en España, y dar testimonio de que, al fin, la juventud se mueve al grito de ¡Basta! Pero eso va vaganos, a no ser que nos alcance el fuego griego que funcione como un estrepitoso despertador o timbre de alarma para detener abusos, ucases y cacicadas de quienes nos están sometiendo al más severo régimen de esclavitud, con sus salvajes delirios de imponer tareas no remuneradas a las personas que ellos mismos convierten en parados, echándolos con muy bajo coste de sus puestos de trabajo, si quieren cobrar el subsidio, al que tienen derecho y que consiguieron con su sudor traducido en dinero; y seguro que, como tal pretensión se tolere, la población jubilada será unida a la cuerda de forzados, en el caso de que no opten por quedarse en casa sin pensión.
Va a ser un argumento fantástico para cualquier género artístico-literario ver a multitudes recogiendo hojas caídas y quitando las hierbas malas en parques y jardines, arrancando con sus uñas los chicles pegados en las aceras, fregando los bancos públicos y limpiando farolas, faroles y barandillas y, poco a poco, lavando los coches oficiales y privados de los concejales, llevándoles a la tintorería los trajes a las diputadas o haciéndoles la manicura y pedicura a alcaldesas y alcaldes. ¡Basta ya! dijo Kant moribundo sin querer continuar su agonía o su lucha contra la muerte. Para que no nos maten ni aniquilen ni humillen hasta hacernos cosas, debemos chillar lo mismo, pero como grito de guerra, no de retirada ni de vencimiento, y ser furibundamente agónicas y agónicos, activas, activos, vivos, luchadores, combativas, como la ciudadanía ateniense agonizante, actuando contra los que quieren su muerte como personas. Qué verdad tan rotunda la de que hay que estar muy loco o muy enfermo para adaptarse a este mundo hediondo y corrupto. En consecuencia, por lo que salta a la vista, no hay nadie sano ni cuerdo, sino gente moribunda inconsciente, salvo los agónicos antisistema.







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