A finales de los años setenta del siglo pasado, un antiguo lateral izquierdo cántabro que había comenzado su periplo como entrenador de fútbol en el Unión Popular de Langreo volvió a Gijón para dirigir al Sporting después de su paso por el banquillo en Oviedo. Vicente Miera, santanderín de capital, defensa del Madrid de la sexta Copa de Europa en 1966, que se había retirado en Asturias como rojiblanco, activó en El Molinón el resurgimiento del Fútbol del Norte. Ya saben, el equipo, bien común frente a la individualidad: el portero, atento y presto al fallo, al hueco y a lo que se preste; la defensa, contundente sin más que la leña necesaria; el ataque, vertical, decidido, sin saber de “bolas divididas” y pijadas aprehendidas; el remate, rápido, contundente, sin piedad aunque acabe en la grada. Defensa, mediocampo y delantera, las tres líneas, juntas y dispuestas a desdoblarse unas por otras, otras en unas, ganando siempre la posición del balón. El testigo de aquel balompié que tiraba de cantera lo tomó, más al oriente del Cantábrico, en el ya mítico Atocha (o Atotxa) de la Real, otro defensa zurdo de la quinta del anterior, el malogrado Alberto Ormaetxea (u Ormaechea). A él le sustituyó un diez, no un tres, como el desolador gran Tati Valdés, pero en la banca local de La Catedral. Javier Clemente, diez años menor que los otros dos, con su brillante trayectoria truncada por una grave lesión, llevó a los leones del Athetic en San Mamés otras dos veces a la cúspide, como habían llegado los de Donosti, como les fue negado a los de Gijón. Desde aquella España de la Transición, nos/ se han sucedido muchas cosas, muchas crisis, mucho paro, mucha mierda. Incluso a los de las pistolas. El Sporting estuvo maldito diez años en Segunda. Subió a costa de un partido que la Real perdió en Vitoria con otro defensa, Manolo Preciado, de director de un equipo en el que hace dos semanas perdió su hado. Desde entonces todo es extraño. Y un su amigo, el benigno, el suave, el apacible, según venimos del latín, hereda su mando. De su saber, su trabajo y su fortuna, depende el Sporting. De ello pende que Asturias sigamos en Primera. Tu suerte será la nuestra, Clemens.
Clemente







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