La gallina, ave de corral revoltoso y cacareador, cuyos huevos sirven para cocinar delicias y cuya carne vigoriza caldos que contrarrestan el invierno, se ha convertido para la sabiduría popular en protagonista de un enigma irresoluble, el de si fue primero la gallina o el huevo, por la dependencia genética entre ambos. Al margen de la solución de un pasatiempo curioso, cuyas claves deberían desvelar los evolucionistas, dejemos constancia de que la calidad del huevo, y no digamos la de la carne, pierde enteros cuando el corral se transforma en granja avícola.
Claro que todo esto nada tiene que ver con el propósito de hoy, del que también cabe descartar el fácil oportunismo fonético de una palabra que, en chiste facilón, alguien podría relacionar con el carácter gallego del protagonista de este artículo y hasta con los galos de allende los Pirineos, algunos de los cuales, habiéndose avinagrado, cacarean en demasía. Dejemos constancia de que la etimología de Galicia connota la “piedra”, mientras que la de gallo se deriva, al decir de san Isidoro, de “castración”, etimología esta última que bien podría ilustrar nuestro propósito, pues utilizaremos la palabra “gallina” como adjetivo referido, en sentido coloquial algo despectivo, a la persona cobarde, pusilánime y tímida.
La actual situación económica y social de España es bocado duro de roer. Parece que el actual gobierno le está hincando el diente hasta el punto de que chirríen instituciones sensibles y chillen ciudadanos aprovechados. Sin embargo, tengo la impresión de que, aunque el gobierno derroche fuerza y diligencia, el abordaje global de la situación resulta flojo, y, tras algunos titubeos, sondeos y pulsiones, demasiado pausado frente al impacto social de la crisis.
Es obvio que España tiene problemas urgentes que se plantean en tropel: leyes nuevas y reajustes duros. La situación es tan compleja y delicada que posiblemente hasta los más animosos sientan la tentación del apaga y vámonos, de tirar la toalla o de finiquitar el reto huyendo. Pero no es menos obvio que los españoles estamos dispuestos, por la cuenta que nos tiene, a arrimar el hombro, a apretarnos el cinturón, a echar una mano, a alumbrar la solución y a aplaudir a quien encarrile las expectativas. Predispuestos, en suma, a flagelarnos para que cambie la situación del barco varado y del carro parado que somos. El gobierno debe saber que, si hace bien las cosas, cuenta con más de 45 millones de razones para reflotar ese barco y echar a andar ese carro.
¿Por qué sigue encallado el barco y parado el carro? A mi modesto entender, solo hay una razón fácil de contrarrestar: la convicción general de que o ponemos todos manos a la obra o no hay obra. Cada español colaborará cuando vea que también lo hacen sus vecinos y los demás españoles. O todos, o nadie. O la crisis se carga sobre la espalda de todos, en proporción a las fuerzas de cada uno, o que no cuenten con uno. Sería mejor salir de ella sin que toquen el bolsillo propio, pero los milagros son cosa del pasado. A la fuerza ahorcan. No habiendo más alternativas, permitiré que adelgacen mi cartera solo si se hace lo propio con la de todos los demás. Y aquí, amigo Sancho, con la iglesia hemos topado. El primer bolsillo a saquear es el de los que encabezan la lista, el de los políticos, porque, siendo ellos los que aflojan las carteras ajenas, no lo conseguirán de buen grado a menos que den cumplido ejemplo. Sí, ya sé que muchos dicen que los políticos españoles están mal pagados. Pero ¿lo están acaso bien los obreros, las empleadas de hogar, los funcionarios, los jubilados, los parados y, sobre todo, los que no tienen donde caerse muertos? Menos unos pocos privilegiados, depredadores sin escrúpulos morales, en España todos estamos mal pagados. La justificación aludida no es de peso. Lo primero que tiene que hacer el gobierno es ahormar a los políticos sin miramientos, desde el presidente al último jefecillo de departamento. Después o simultáneamente, a todos los demás, incluso a los parados, pues nadie puede abrogarse el derecho de recibir dinero público, por poco que sea, sin algún tipo de contraprestación social, como, por ejemplo, dedicar unas horas semanales de apoyo a los cientos de miles de personas dependientes que hay en España.
España tiene un serio problema de dinero: una deuda global asfixiante y unos ingresos públicos deficitarios. Sin embargo, por ella discurren caudalosos ríos de dinero, ocultos tras una desproporcionada economía sumergida y, sobre todo, como beneficio de actividades incomprensiblemente delictivas, tales como la droga y la prostitución. Si a ello se suma que se roba sin miramientos a la Hacienda pública o que se sigue malgastando sin control, puede que el principal problema español no sea el de una deuda insoportable y el de un déficit estrangulador sino la impunidad de una plaga de ladrones. Vistas así las cosas, creo que la mejor solución es que el presidente de la nación española sea gallo y no gallina, que encrespe la cresta y la mantenga altiva en consonancia con la mayoría absoluta que le han otorgado los españoles para llamar las cosas por su nombre y, sobre todo, para colocar a cada uno en su peana. Tan magna obra debe comenzar por una clara y decidida acción pedagógica cuyo propósito sea explicar a los españoles, con pelos y señales, el diagnóstico de su situación social y económica para exigirles, velis nolis, lo que en principio parece que están afortunadamente predispuestos a aportar al caudal común. Pedagogía y equidad. A España, postrada en la UCI, no le bastan huevos y caldos de gallina. Necesita pinchazos, sueros, electrochoques y tratamientos agresivos.
No hay duda de que los españoles sacaremos a España adelante, faltaría más, pero no lo haremos con algarabías en las calles y, mucho menos, con huelgas sectoriales o generales. Mientras permanezca en la UCI, se requiere silencio absoluto. Las algaradas callejeras y las huelgas alteran la recuperación intensiva. Los griegos lo están haciendo fatal, pues, además de hundir cada vez más su economía, socavan su prestigio cultural histórico. Una reforma laboral tan timorata como la que acaba de presentar el gobierno debería iluminar con criterios justos el destino de los beneficios de las empresas cuando los haya. Por lo demás, no es de recibo que se la interprete demagógicamente como autopista llana y sin curvas para que los empresarios oportunistas o depredadores despidan sin obstáculos ni costos a sus empleados.
Espero que el presidente español no se moleste por haberme servido de una palabra que, en las actuales circunstancias, describe muy bien un proceder que refleja cobardía, pusilanimidad y timidez. Los españoles han depositado en sus manos un gran poder y le han dado una oportunidad sin parangón para llevar a puerto un magno proyecto. Para lograrlo deberá proceder con tanta justicia como coraje. Deberá frenar en seco el robo y el despilfarro de los caudales públicos y realizar, paralelamente, una intensa labor pedagógica a fin de que los españoles consientan de buen grado que les aprieten el cinturón y aflojen sus carteras. Si se procede con justicia y se les convence de que no se sacrificarán en vano, ninguno se negará a colaborar generosamente.
Presidente, ¡suerte y al toro! Insisto, sea usted gallo, no gallina, en el corral patrio. Recuerde que no logrará avanzar si no es capaz de uncir a los políticos. Si logra hacerlo, más de cuarenta y cinco millones de españoles secundarán sus esfuerzos. Gracias anticipadas.







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